
Era un hombre maduro, muy atractivo. No le decía nada a su madre porque, desde que el padre las abandonó, siendo ella pequeña, se había vuelto muy suspicaz con los machos. Desconfiaba de cualquier chico que le presentase o con el que la viese. Fue quizás esto lo que le llevó, además de a la ocultación de sus relaciones, a la elección de señores ya mayores. Creía que en un tipo con canas, tripita y una dilatada experiencia vital encontraría algo más de sentido de la responsabilidad que en cualquiera de sus hasta entonces jóvenes amantes. Quizás, le decía una amiga con gusto por el psicoanálisis, buscaba un padre sustitutivo.
Estaban ambos tumbados en la cama de aquel hotel ya familiar, de aquella habitación que era su pequeño hogar furtivo, cuando, entre calada y calada de un cigarro negro él pronunció la frase que la llevó de la dicha al suicidio:
-“Marta, Marta.....¡cómo te pareces a tu madre cuando tenía tu edad!”.
Por desgracia su madre, en un ataque de ira iconoclasta, había roto todas las imágenes de aquel demonio

Me gustó... Que inesperado final!
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